
De Poeta de las Cenizas, de Pier Paolo Pasolini. Su segundo "intento de violación" ya no pudo contarlo en ningún otro poema, porque le costó la vida, aunque eso no le ahorró la difamación post-mortem, no se vayan a creer.
Andaba yo un día, como un pez fuera de la red,
en el aire seco,
por los alrededores de un promontorio desierto de almas, enfermo
en el azur,
y ahora os diré lo que me sucedió y cómo realmente ocurrieron las cosas.
Iba aquel día por un carretera seca,
con las manos y el cerebro igualmente secos – os diré
que sólo el vientre estaba vivo, como aquel promontorio en el inútil azor.
Todos los mitos se habían desmoronado y disgregado, pero al menos en el promontorio
alguien vivía.
En suma: impulsado por el vientre palpitante y mi miopía,
conduje en el sol seco,
sobre un poco de asfalto,
entre algunos matorrales de otoño aún estivales,
hasta un caserío solitario al sol,
con dibujos vivaces de viejas paredes, y viejas estacas, y viejas
redes, y viejas tranqueras, azul y blanco
-estamos en Italia- donde el sol mezclado con la lluvia hedía dulcemente.
Allá dentro había un muchacho torvo, con un delantal (creo recordar), el pelo denso de mujer,
la piel pálida y estirada, una cierta inocencia loca en los ojos,
de santo obstinado, que se quiere igual a su buena madre.
y transformaba su cadavérica neurosis en rigor
de hijo obediente identificado con los ancestros.>
Cómo te llamas, qué haces, vas a bailar, tienes novia,
ganas bastante,
fueron los pretextos con lo que me retracté del primer arrebato
de la vieja libido canicular como un pez curado,
tomando una Coca-Cola.
Vosotros habéis visto mi Evangelio.
Habéis visto los rostros de mi Evangelio.
No podía equivocarme, porque a veces, cuando se rueda,
las decisiones hay que tomarlas en pocos minutos:
no me he equivocado nunca con los rostros,
con los rostros <…>
porque mi lujuria y mi timidez
me han obligado a conocer bien a mis semejantes.
A él también lo conocí de inmediato,
el miserable endemoniado del caserío asediado por el sol.
El invierno venía
a combatir el sol superviviente <…> a las aventuras,
y el invierno venía,
y estaba allí en su rostro,
con sus tinieblas y sus casas silenciosas, su (…) castidad.
Me retiré.
Pero no a tiempo para que él no sintiera, como una mujer,
el terror por el padre no semejante a los padres
que habían constituido el mundo para su obediencia.
Pues bien, primero no sé que modesta autoridad
de aquel promontorio abandonado por los hombres y asaltado
por los burgueses
le creyó.
Luego le creyó no sé que coronel
de cara aplastada por un destino tristemente mundano.
Le creyó un juez instructor
que tenía en los ojos la misma expresión
de macho cabrío blanco que la de los palacetes estilo 1900 de aquella absurda aldea
en la que trabajaba.
Le creyó finalmente el Presidente del tribunal,
que me condenó,
aunque sólo a veinte o treinta días, formales.
El chico con palidez de santo había contado
que, aquel día de sol, había entrado en su tienda
un maleante con un sombrero negro,
se había puesto unos guantes negros,
había cargado un revólver con una bala de oro,
le había intimado a rendirse
y había sacado de la caja unos tres dólares.
Que después, al irse, le había amenazado,
Ya que él, el agredido, había agarrado un cuchillo para defenderse.
Os he contado esto
En un estilo no poético
para que tú no me leyeras como se lee a un poeta.
El resto, aquí
